MetroCard, la llave de Nueva York

8-Nov-2017

Nota publicada en la revista Marco Polo - Al Mundo, edición julio 2017. 

 

Por: Lucía Vázquez

 

Por su dimensión, el subte de la ciudad de Nueva York bien podría ser una ciudad en sí misma. Si las vías de sus 469 estaciones se alinearan, cubrirían la distancia desde esta gran metrópolis hasta Chicago, unos 1150 kilómetros. En el distrito de Manhattan, nueve líneas con hasta cuatro ramales cada una unen puntos centrales de la isla y la conectan con tres de los otros cuatro boroughs o municipios que conforman New York City: Brooklyn, Queens y The Bronx (a Staten Island sólo se cruza en ferry).

 

Deslizo mi tarjeta de viajes MetroCard por un lector en la estación Penn Station. Pasar el molinete acá es como cruzar una frontera: con un total de 1751 millones de usuarios por año, el subte de Nueva York es el séptimo sistema de metro más concurrido del mundo, después de ciudades como Beijing y Tokio.

 

De color amarillo, con letras celestes y una banda magnética, la MetroCard sirve de portal a todos los universos neoyorkinos: el verde en Central Park, la playa en Coney Island, la arquitectura de Grand Central Terminal, lo hípster de Bushwick -Brooklyn-, y más. La cantidad de destinos posibles es ilimitada.

 

Conectada al wifi libre de MTA (Metropolitan Transportation Authority, la empresa local responsable del transporte público) mientras espero mi subte, leo en Twitter que entertainer Jimmy Fallon cantó el éxito de 1973 de Dolly Parton “Jolene” junto a la estrella pop Miley Cyrus en plena estación del Rockefeller Center. “Yo vi a U2 hace dos años en Grand Central”, me dice una chica local después de escuchar cómo me lamentaba por haberme perdido el show sorpresa.

 

Además de ser fetiche de los artistas, este medio de transporte -abierto las 24 horas los 365 días del año- es uno de los lugares preferidos por los políticos para hacer campaña. En 2016, Hillary Clinton tomó un tren en hora pico hacia Uptown, en plenas primarias con el otro candidato del Partido Demócrata, Bernie Sanders.

 

Ya arriba del vagón, recuerdo aquella vez que, minutos después de cargar un pase ilimitado de siete días, perdí mi MetroCard. Su fragilidad -es de papel blando, liviano- hace imposible sentir si se te cae de un bolsillo. Perderla no fue doloroso sólo por el dinero (el unlimited ride semanal cuesta 32 dólares), sino por su valor sustancial. Como mate sin yerba, sin MetroCard no hay Nueva York. Aunque en realidad, pronto será historia: MTA anticipó que para el 2022, este sistema que vio la luz en 1997, será reemplazado por una tarjeta inteligente con chip.

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